Eutanasia y dignidad

La eutanasia no es como los agoreros dicen una manera de incentivar el suicidio, sino un derecho que debe amparar a todo ser humano que desee acogerse a él. 


Fotograma de la película "Mar Adentro"
Fotograma de la película "Mar Adentro"


“La muerte es algo que no debemos temer porque, mientras somos, la muerte no es y cuando la muerte es, nosotros no somos.” (Antonio Machado)



Cuando la vida ya no tiene sentido porque la enfermedad o un accidente imposibilitan llevar una vida digna, es mejor poner fin a la existencia antes que continuar en un calvario continuo. Esto es mi opinión y se de que lo que hablo porque conozco personalmente a alguien que está en ésta tesitura.

Quien siga este Blog puede pensar que soy un acérrimo enemigo de socialistas, nacionalistas  y podemitas, pero eso no es así, y cuando aciertan en algo seré el primero en aplaudir. El tema que toco hoy parece muy espinoso, pero nada tiene de ello, creo que es lo más natural del mundo que una persona que no encuentra sentido a su vida porque cada nuevo día es un tormento más que sumar, decida libremente que ha llegado la hora de morir.

Y en esto aciertan de pleno este grupito de adoradores de Maduro a los que los españoles les han concedido la batuta para dirigir la orquesta patria, a veces este concierto consigue no desafinar y esta ley debió de estar vigente hace ya mucho tiempo. Todos conocemos el caso de Ramón Sampedro, llevado a la gran pantalla en una película del año 2004  llamada “Mar adentro” dirigida por Alejandro Amenábar e interpretada por Javier Bardem en el papel protagonista.

Estos hechos ocurrieron en 1998 y tuvieron gran repercusión mediática, tanta que ya entonces surgieron voces reclamando el derecho a una muerte digna. Pero vivimos en un país en el que la cultura está profundamente enraizada con el cristianismo, una religión monoteísta que supedita el destino del hombre a un Dios que jamás da señales de vida. Nana tengo contra las personas creyentes, pero por desgracia quienes creen en el misterio de la fe (sea la religión que sea) tienen por costumbre creerse en posesión de la verdad, porque claro, es Dios mismo quien les ilumina.

Pues no señor, el que desee inclinarse en el banco de la iglesia, postrarse en una mezquita o darse golpes de cabeza contra el Muro de los Lamentos, que libremente lo haga, pero respetando la voluntad de los que le piden prebendas a un Dios todopoderoso. Durante muchos siglos los suicidas no podían ser enterrados en “suelo santo” porque el suicidio era uno de los pecados más terribles que podía cometer un católico (y como nacías católico por cojones pues esa ley te caía encima). Eso sí, matar en nombre de Dios no suponía pecado alguno, algo habrían hecho los infieles para abandonar éste valle de lágrimas a manos de un fanático de la fe.

Pero no hablo hoy de la desgracia del suicidio, una causa de muerte muy común y que no evita ninguna ley ni educación. Hoy hablo del derecho que tienen las personas como Ramón Sampedro o María José Carrasco a decidir libremente que ha llegado el momento de poner fin a una vida que no les place.

Por mi parte he de decir que tampoco deseo seguir existiendo si llega el caso en el que me tuvieran que dar que comer, creo que una persona deja de vivir cuando ya no puede experimentar ilusiones ni existe forma de recuperar esa maravillosa virtud. 

Después de todo la muerte es triste tan sólo para los que quedan en vida, los que se van abandonan lo que tienen, unos por desgracia la felicidad, pero otros por fortuna el dolor y la indignidad de una vida que es peor que la muerte.

Pues lo dicho, en esto me descubro el sombrero ante este gobierno y en especial

Para no despedirme con demasiada tristeza dejaré una frase célebre:

“Perdone que no me levante”  aunque sea falso, era el epitafio perfecto para Groucho Marx






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